Lo de este sábado será inolvidable. Colo Colo mostró su peor cara desde que Don Omar llegó a la banca alba, pero también lo que lo hace un equipo con una historia sin parangón, con décadas de luchas épicas. Sí, porque Colo Colo ha luchado contra todos desde que existe, incluso contra sí mismo y muchos de sus dirigentes.

En el Monumental no había que pasar zozobras, pero el fantasma de los últimos años apareció como no lo había hecho en el Clausura. Prieto no dio seguridad; Vilches empezó a hacer lujitos y a enredarse solo, mostrando lo peor de los suyo; Chapita y Carachito sólo defendieron; y Mena estaba más huérfano que nunca; Caroca corría siempre tras el balón y no lo atacaba; sin De la Fuente, la baja del Chino Millar fue ostensible, porque lo obligó a marcar, algo que nunca ha sido su mejor arma; Fierro entró prendido y se fue apagando hasta ser casi una sombra; Vidanghossy insinuó, pero no concretó y sucumbió ante el juego rudo de Audax; y la dupla Muñoz – Flores definitivamente ayer no apareció por Macul. Parecían pollos asustados, y al frente tenían a Garrido y Oviedo nomás.

El del sábado fue el mejor partido del ausente De la Fuente. No existió el equilibrio, el corte en el medio ni la salida fluida. Tres jugadores trataron de suplirlo y ninguno dio el ancho. A 10 minutos del final, la mitad más uno de Chile sufría, el Eterno estaba siendo eliminado al caer por 5 a 2 en casa.

Un amigo colocolino me llamaba por teléfono segundos antes para reclamarme lo malo que estaba Colo Colo, denunciaba la falta de jerarquía para no abrochar una clasificación que estaba en el bolsillo. Tenía razón, pero le alegué que en un instante así lo que había que hacer era gritar, alentar, despertar a los jugadores para que recordaran que cargan con el peso de una historia y que debían hacer honor de ella (no se lo dije así, obvio, lo tapé a garabatos, como correspondía, por gil), y le dije que parara, que quedaban diez minutos y que el que daba por muerto a Colo Colo no merecía hacerse llamar hincha de este club.  Le corté.

Y apareció Olivi. Mientras escribo estas líneas repaso los audios de sus goles y la piel se me pone de gallina. Había que estar loco, dadas las circunstancias, para atreverse a pegarle desde fuera del área. Pero el Pampa lo hizo: recibió un pase cerca de la medialuna, le dio un toquecito al balón para acomodarse y sacó un balazo que se coló ajustado a un palo. Golazo. La última vez que grité así de eufórico un gol de Colo Colo fue el penal de Aceval del 2006. La garganta se desgarró, mi mujer y la pequeña que lleva en su barriga saltaron de emoción también (sé que fue así). Colo Colo estaba de vuelta.

Y al final, apareció Olivi de nuevo. Era el minuto ’94 y protagonizó un carretón desde su área, se llevó a dos rivales en velocidad y remató cruzado haciendo estéril la estirada del Oso. Otra vez golazo y ahí ya definitivamente pensé que me iba a infartar. No sólo yo, claro, sino también millones de chilenos que estaban en el estadio, lo seguían por el CDF o lo escuchaban por radio. La alegría fue demasiado grande para el cuerpo.

Ufff, fue una jornada épica. Este sábado se perdió, se jugó horrible, pero millones dormimos felices, con una sonrisa en la boca y brindando por el Cacique. Hay que mejorar y mucho si se quiere conseguir la estrella 30; pero para eso queda una semana. Hoy hay que festejar. Colo Colo avanza y el resto que junte miedo, porque todo indica que a este equipo ha recobrado la mística de su historia, porque: por su empuje y coraje en las canchas como el Colo Colo no hay. ¡¡¡¡¡All right!!!!!